El tren no espera

¿Cuántas palabras nos tragamos por pensar que no valen la pena?  ¿Cuántas conversaciones se quedan en nuestro pecho cuando ya es demasiado tarde? A veces, aún años después, repasamos en nuestra cabeza las pláticas en las que no dijimos todo lo que debíamos decir; todos los “te amo”, los “no te vayas”, se quedan como un recuerdo de algo que nunca pasó. Si tuviéramos a la persona delante de nosotros, ¿nos atreveríamos a cambiar el curso de nuestras palabras?

Veintisiete años después se encuentran en esa vieja estación de trenes con señales viales que apenas se ven. “Disculpe, señorita, ¿nos conocemos de algún lado?”.

Se conocían de todo, se guardaban secretos ingenuos y mortales. Se sabían que la cebolla cocida nunca, que los zapatos sucios no pasan de la puerta, que las manos limpias antes de sentirse, que las mordidas en el cuello son un buen ayuno, que las tarjetas de crédito cobran intereses y los veranos, recuerdos.

Sonrieron a un tiempo, se saludaron de mano y se pusieron al día en cinco minutos. Una vida en cinco minutos. Qué formas tenemos de faltarle el respeto al tiempo.

 

—Tanto tiempo, ¿qué ha sido de tu vida?

—Me casé.

–¿Con aquel tipo?

–Ramón.

–Afortunado.

–No me quejo, me trata bien. Es buen padre.

—¿De cuántos hijos?

—Dos. Varones ambos.

—¿Se parecen a ti?

—El mayor en los ojos, el menor en lo despistado.

—¿Pone el mismo gesto de incredulidad cuando le cuentan que es imposible criar a un panda como mascota?

—Sí, pero con los dinosaurios. ¿Y tú?, ¿regresaste?

—Una parte sólamente.

—¿Cómo así?

—Bromeaba. Nada. Aquí, sólo más viejo.

—El tiempo pasa. Te ves bien.

—Gracias.

—Ese es mi tren. Tengo que irme. Me dio gusto verte después de tanto… tiempo.

—Lo mismo digo.

Ambos se dan la mano al tiempo que buscan despedirse de beso. La torpeza los vuelve indecisos sin saber qué mejilla poner; y el beso se pospone, por otros veintisiete años tal vez. La mira alejarse entre la gente, con una cosquilla en el pecho que lo pone melancólico. Ella voltea un par de veces con ese gesto de incredulidad. Y el tren se va lento, lento, pero se va; mientras ambos, cada quien por su lado, acomodados en otro hemisferio, rememoran la conversación que acaban de tener.

 

—Tanto tiempo, ¿qué ha sido de tu vida?

—Esperarte.

—Nunca hubo otra.

—Eso dijiste aquella tarde que te fuiste para no volver. Te llevaste todo.

—En una maleta no cabe todo. Con sólo tu sonrisa hubiera pagado sobre-equipaje.

—Pues ésa te la llevaste, lo sabes.

—Te dejé las tardes de lluvia en que nos bañábamos con agua caliente después de llegar empapados.

—¿Y las posturas acrobáticas que nos inventamos en el baño para hacer el amor?

—Ésas nos las repartimos.

—La otra vez leí un libro que hablaba de las buenas costumbres y me acordé de lo poco que te gustaban.

—¿Y pusiste el mismo gesto de incredulidad que siempre ponías cuando te decía que es imposible criar a un panda como mascota?

—No, ése se extinguió hace años. ¿Y tú?, ¿regresaste?

—Una parte sólamente.

—¿Y la otra?

—Nunca se fue.

—Pues ya que estás aquí, búscala. Nunca se sabe.

—Ya decía yo que nos conocíamos de algún lado, señorita

—De todos lados, señor.

—De todos lados.